martes, 21 de junio de 2016


La  bibliografía medieval recolecta algunas de las anécdotas más bizarras en torno a la religión, la superstición y lo diabólico. El caso de la joven monja Madelaine Bavent es uno de los más emblemáticos y escalofriantes.
Sucedió en el convento de monjas de la localidad de Louviers, en Normandía, durante el año 1625, cuando la monja tenía apenas 18 años. Desesperada, se presentó ante las autoridades del lugar para declarar que había sido hechizada durante un aquelarre al que había sido llevada forzosamente por el director espiritual del lugar, el padre Mathurin Picard, y su vicario, el padre Thomas Boulle. Según confesó, durante el secuestro, había sido casada con un diablo llamado Dragon y obligada a mantener relaciones sexuales con él, sobre un altar. Entre tanto, añadió, dos hombres habían sido crucificados y destripados.
Tras la apertura de una exhaustiva investigación, otras dos monjas confesaron haber sido víctimas de los dos sacerdotes, que también las llevaron a distintos aquelarres en donde mantuvieron relaciones sexuales con varios demonios. En tanto las investigaciones avanzaban, el padre Mathurin Picard falleció y las monjas fueron acusadas de estar poseídas, lo cual era bastante frecuente en ocasiones similares, por lo que debían ser exorcizadas.
La iglesia en donde el ritual tuvo lugar reunió a muchísima gente. Las monjas montaron un verdadero espectáculo, que incluyó saltos, corridas, insultos y obscenidades de toda calaña; incluso llegaron a convulsionar mientras el padre Thomas Boulle se desahogaba en gritos, mientras era torturado.
Finalmente, Madelaine fue condenada a cumplir penitencia de por vida en la prisión episcopal. Así mismo, el padre Boulle fue condenado a muerte en la hoguera y se ordenó la exhumación del cuerpo del padre Picard, que fue desenterrado y quemado, también.
A partir de este suceso, la iglesia fijó por primera vez las normas a seguir para saber si alguien estaba poseído o no, a través de 15 puntos que se resumen en: creerse poseído y llevar una mala vida; ser malvado y vomitar cosas inusuales, como serpientes o sapos; blasfemar y gritar obscenidades; comportarse violentamente y efectuar sonidos y movimientos propios de los animales; conductas lascivas y ostentar una inusual fuerza muscular; demostrar miedo ante reliquias y objetos sagrados; y no recordar nada tras el momento de transe diabólico.

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