sábado, 29 de marzo de 2014

Esta es la historia de Miguelito el cual su transformación en Santo Popular no sigue los patrones que hemos observado en el resto de los personajes considerados, como se advierte en el relato que hizo la madre, quien falleció en julio del 2011.

En 1967, quince días antes de cumplir un año, Miguel Ángel Gaitán muere de meningitis y sus restos son enterrados en el cementerio local de Villa Unión en la provincia de La Rioja. Había nacido en Banda Florida, a orillas del río Bermejo el 9 de julio de 1966 y era el hijo número 12 de Argentina Nery Olguín y de Bernabé Gaitán (que tuvieron quince pero sólo nueve sobrevivieron). Miguelito murió el 24 de junio de 1967 cuando era transportado con urgencia por una ambulancia hasta Chilecito.

La leyenda comienza luego de una violenta tormenta en 1973, siete años después de su muerte. De acuerdo con los pobladores, la tempestad destruyó el túmulo de ladrillos y cemento que cubría el cajón del bebé, el cual fue descubierto por un trabajador del cementerio. Espiando su interior, encuentra los restos del niño virtualmente intactos, y se reconstruye la tumba para proteger el cajón de los elementos. Poco después las paredes se habían caído “misteriosamente” sin mediar tormentas ni vientos. Hubo una segunda reconstrucción pero los ladrillos volvieron a aparecer desparramados, por lo tanto decidieron dejar el cajón en el exterior.

Pero entonces notaron que la tapa del ataúd había sido removida a la noche. “Colocamos piedras y objetos pesados sobre la tapa, pero cada mañana la encontrábamos removida” cuenta la madre de Miguel Ángel, “finalmente decidimos que Miguel no quería ser cubierto, quería ser visto.”

Primero estaba simplemente destapado pero luego le arrancaron una falange que conservaba un pequeño anillo y además todo el mundo le tocaba la frente. Ahora esta en una pequeña caja azul de madera, cerrada con un candado y con la tapa de vidrio. A través de él se ve su rostro reseco y marrón y su madre le cambia habitualmente de ropa.

Los creyentes ponen la mano sobre el vidrio a la altura de la cabeza. Cuando este hecho se divulgó comenzó a llegar gente de todos lados para verlo, primero individualmente luego en tours programados, no sólo desde la ciudad de La Rioja, sino desde San Fernando del Valle de Catamarca y Córdoba.

Entonces construyeron un pequeño panteón para guardar los juguetes, carpetas de estudiantes, autitos, bicicletas, flores de plástico, ositos, placas de metal y cerámica con forma de corazón o con diseños de angelitos, cintas celestes y blancas, fotos, insignias. Son tantas las ofrendas que el panteón se fue ampliando con una habitación al lado y otra arriba.

Entre los agradecimientos se leen: “gracias por hacerme campeón de Karate”, “porque se me declaró José”, “porque saqué 10 en el examen”. Hay trofeos deportivos, escarpines, rosarios y cuadernos donde se escribe el pedido que se le hace al Angelito y si él cumple debe publicarse un agradecimiento en uno de los diarios de la capital riojana.

La madre de Miguel Ángel, Argentina Gaitán, atendía diariamente la tumba. Si los “buscadores de milagros son afortunados”, la madre abria el cofre y les permitia tocarlo en la cabeza. Si fueran verdaderamente afortunados, ella vestia el cuerpo con las ropas de bebé que los peregrinos traian.

Los peregrinos dejan ofrendas, generalmente juguetes, y la Sra. Gaitán vendia postales y estampas con el retrato de Miguel Ángel en su ataúd por dos pesos y cuadernillos con la crónica de su vida y muerte por quince pesos. Los juguetes los donan a las escuelas, y con las bicicletas se hacen rifas.

Dicen que a veces a la mañana se encuentran juguetes desparramados y se supone que Miguelito estuvo jugando durante la noche.


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